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La educación de los niños

 

Es un hecho muy común en las últimas décadas, el vacunar preventivamente contra ciertas enfermedades, especialmente a los niños. "Las enfermedades del alma deben ser tratadas y curadas al igual que las enfermedades del cuerpo", ha dicho nuestro gran maestro e insigne médico, el RAMBAM. Es entonces necesario, vacunar a la juventud en prevención de posibles males del alma. Más aún cuando en el medio ambiente reina una epidemia espiritual. Hoy en día, abundan lamentablemente diarios, revistas y libros que dedican gran parte de sus páginas a un material que, por su contenido, configuran una verdadera plaga intelectual. Es una obligación por lo tanto proporcionar a los jóvenes el debido antídoto para evitar posibles contaminaciones.

¿Cuál es la vacuna contra esos males? Alertar continuamente y sin pausa a la juventud, dedicando como mínimo unos minutos diarios en explicarles las penosas desviaciones de aquellos que se dejan llevar por los malos instintos, haciéndoles comprender la infinita paz y alegría de aquellos que se conducen con decencia y moral. Extrayendo claro está, esas enseñanzas y explicaciones de los muchos textos que con tanta visión nos legaron nuestros sabios antepasados.

Y si a pesar de los diarios esfuerzos no se notan los frutos deseados, no se debe claudicar, sino por lo contrario, perseverar, pues seguramente las palabras de nuestros jajamin, vertidas con cariño y sinceridad, penetrarán en sus venas y con el correr del tiempo fluirán a sus mentes encaminándolos, haciéndolos hombres y mujeres de bien para toda la vida."

Todo lo que se habla sobre educación no es suficiente y por ese motivo no se la puede dejar de lado. Con esto nos queremos referir a la educación que los padres deben brindar en la casa. Es realmente una seria preocupación para ellos: como enseñar a los niños a ser buenos y mantener su identidad judía, ser decorosos y decentes.

El padre y la madre se lamentan mutuamente ¿por qué los chicos no van por el "camino recto", por qué tiene que resultarles una tarea tan dificultosa y amarga y cómo influir en ellos para que se conviertan en "gente" con buenas costumbres, que no sean mal educados ni crezcan "torcidos"?

Y al comprobar que no logran influenciarlos, caen en el desaliento. Desanimados y con los brazos cruzados, se abandonan a las circunstancias. En el ínterin todavía se inmiscuye el Ietzer hará (mal instinto) y elimina el resto de voluntad para hacer algo constructivo. Y le trae ejemplos del que, a pesar de no dedicarse a educar a sus hijos debidamente, le va bien, mientras que otro que se pasa sacrificándose con devoción por sus hijos, no obtiene ningún resultado concreto.

Con esto, el mal instinto lo que quiere es demostrar que no hace falta esforzarse en cultivar la educación de los hijos porque "o no es necesario, o no sirve". No deja siquiera tener la idea de que el judío con los buenos hijos, podría tener la posibilidad de que sean grandes de Israel! Y el otro con los hijos malos ¡Quién sabe lo que parecerían sin los esfuerzos y sacrificios de los padres!

De cualquier modo, el Ietzer hará, no deja que se instruya educando; trabajos no faltan, ni preocupaciones, y todo ello va, a cuenta de la educación, perjudicando a los hijos e hijas. Y el hombre no quiere comprender que realmente la cuestión de la educación del hogar es la principal razón de sus inquietudes y debe ocupar el principal lugar de sus preocupaciones. El hombre tiene por naturaleza la mala costumbre de ver "ya" obtenido el fruto de sus afanes. Y si no, se desalienta.

Rabí Israel Salanter definió una gran regla general en la vida: "El hombre debe actuar, no sobreactuar!" (tratar de hacer grandes cosas). Que comprenda bien esta norma general, y salvará a sus hijos.

Empero a esta cuestión se debe dedicar mucha inteligencia y meditación. Primeramente los padres deben servir de ejemplo a sus hijos. Mucho más que los hijos tiemblan al cometer una incorrección ante los padres, deben éstos temblar por si cometen una falta ante los ojos de sus hijos. Cuando los padres armonizan entre sí y hablan con decoro y respeto, queda grabado en la mente del pequeño, que se impregna de delicadas impresiones. Ve ante sí una forma de cómo conducirse con su amiguito.

Los padres deben conducirse equitativamente en relación con los hijos. No pueden tratar a uno mejor que al otro, a fin de no despertar sentimientos de envidia u odio (celos) y, si es preciso dedicarse a uno con preferencia a los demás, se les explica a todos el motivo: por ser más débil, u otro motivo parecido. El hecho de justificarse, de parte de los padres, es suficiente para el niño. En general, los padres no deben distanciarse del niño. Cuando una persona alta quiere hablar con una baja, no se eleva el bajo, sino que el alto se agacha. El padre debe explicar a los hijos en su idioma y en su forma de entender, el significado de cada festividad y los acontecimientos que interesan al niño.

Suele presentarse el caso del niño agresivo, que molesta a los hermanitos. Esta agresividad debe ser curada con bondad, entendimiento y principalmente con paciencia.

Otros encuentran un camino fácil para ese tipo de niño. Con una paliza. A veces eso puede ser bueno, pero tomar este método como sistema educacional agotará antes al padre que al hijo. Una paliza no aleja los malos hábitos sino que los esconde de la superficie.

En general no hay reglas en la educación que digan "así debes actuar". Cada niño es un interrogante distinto y los padres deben, como es su obligación indiscutida, dedicarse profundamente a ello.

El niño es un mundo para sí con sus necesidades y costumbres, los padres deben observarlo bien y en consecuencia, actuar de acuerdo a su personalidad. Pero con paciencia, pues cuando los padres comienzan con alteraciones y nerviosismo, esto es absorbido por el pequeño y trae muchos inconvenientes en su desarrollo. Si se toma con cuidado agua bajo la cual hay tierra, sale limpia y la tierra queda abajo. Pero si se la toma con brusquedad, el agua se embarra mezclándose con la tierra. Así es con el niño, si se lo trata bien, con cariño, con bondad, va a resultar mejor que con cien palizas.

Se debe rogar para que los niños se desarrollen bien, y al mismo tiempo, hay que hacer lo que sea sin dejar que la naturaleza lo haga por sí misma, hablar, explicar sin dejar ningún suceso de los chicos sin una palabra (explicativa) por parte de los padres. Directa o indirectamente los padres deben entrar al mundo infantil, dejarlo comprender por un lado y brindarles explicaciones por el otro.

Extraído de: Oasis, volumen 1 (Rab. E. Ekstein)

CONTENIDO SUPERVISADO POR EL GRAN RABINO DE LA COMUNIDAD SEFARADI DE ARGENTINA - ISAAC A. SACCA